martes, 22 de mayo de 2012

El precio de caminar erguidos

Si observamos el nacimiento de una cría de la mayoría de mamíferos en la naturaleza, enseguida nos podría venir a la mente que nuestros bebés están menos desarrollados y más vulnerables cuando nacen. ¿Por qué?. ¿Por qué nos necesitan tanto?, ¿por qué lo natural sería llevarlos en nuestro regazo y simular todo lo que podamos el útero materno durante por lo menos los siguientes seis meses al nacimiento?.

Stephen Jay Gould, científico que dedicó su carrera a estudiar la evolución, ha afirmado que el ser humano es básicamente un feto extrauterino durante los primeros cinco años de su vida.

Nuestra gestación actual, si siguiéramos el mismo patrón de maduración de los simios, sería de 21 meses.

Hemos tenido que pagar un precio por pasar de caminar a cuatro patas, al bipedismo. Nuestras caderas y pelvis tuvieron que estrecharse para poder sostenernos en pie. Conclusión: que los bebés cabezones que serían si pasasen tantos meses ahí dentro, no cabrían por el canal del parto.



Me gustaría citar un texto del mismo autor en su obra "Desde Darwin" (1977) que habla de este tema:

"Pero, ¿por qué nacen los bebés humanos antes de tiempo? ¿Por qué ha extendido tanto la evolución nuestro desarrollo general, manteniendo no obstante bajo control la duración de nuestra gestación, dotándonos por lo tanto de un bebé esencialmente embrionario? ¿Por qué no se vio igualmente prolongada la gestación junto con el resto del desarrollo? Según el punto de vista espiritual de Portmann acerca de la evolución, este nacimiento precoz debe ser función de requerimientos mentales. Argumenta que los humanos, como animales que aprenden, necesitan abandonar el vientre oscuro y carente de desafíos para tener acceso, como flexibles embriones, al rico entorno extrauterino de vistas, olores, sonidos y sensaciones táctiles. Pero en mi opinión (y en la de Ashley Montagu y Passingham) existe una razón más importante que se refiere a una consideración que Portmann rechaza despreciativamente como groseramente mecánica y materialista. Por lo que he podido ver (aunque no puedo saberlo con seguridad), el nacimiento humano es una experiencia gozosa cuando se la rescata adecuadamente de los arrogantes médicos varones que parecen buscar el control total de un proceso que no pueden experimentar. No obstante, no creo que pueda negarse que el nacimiento humano es dificultoso en comparación con el de la mayor parte de los demás mamíferos. Por decirlo groseramente, es un proceso un tanto ajustado. Sabemos que los primates hembra pueden morir de parto cuando las cabezas de los fetos son demasiado grandes para pasar a través del canal pélvico. A. H.Schultz ilustra el feto nacido muerto de un babuino hamadriade y el canal pélvico de su madre muerta; la cabeza del embrión es notablemente más grande que el canal. Schultz llega a la conclusión de que el tamaño del feto está cerca del límite en esta especie; “si bien la selección debe sin duda tender a favorecer grandes diámetros en la pelvis femenina, igualmente debe también actuar contra toda prolongación temporal de la gestación o al menos contra los recién nacidos excesivamente grandes”. Estoy seguro de que no hay muchas hembras humanas capaces de dar a luz con éxito a un niño de un año de edad. El malo de esta narración es nuestra especialización evolutiva más importante, nuestro gran cerebro. En la mayor parte de los mamíferos, el crecimiento del cerebro es un fenómeno estrictamente fetal. Pero dado que el cerebro no llega nunca a ser muy grande, esto no plantea problema alguno a la hora del nacimiento. En los monos de cerebro más grande, el crecimiento queda retrasado para permitir un crecimiento postnatal del cerebro. Pero las duraciones relativas de la gestación no requieren alteración alguna. No obstante, los cerebros humanos son tan grandes que debe añadirse otra estrategia para el éxito del nacimiento -la gestación debe ser abreviada en relación con el desarrollo general, y el nacimiento debe producirse cuando el cerebro tiene tansolo un cuarto de su tamaño final."

Venimos a este mundo, después de permanecer nueve meses en el mejor de los lugares en que nos encontraremos. Allí reina la perfección, no hay hambre, ni sed, ni frío, ni calor. Nos mecen de vez en cuando (aunque algunos que se llaman científicos se empeñen en que no), y donde los sonidos que escucha más de cerca son los del cuerpo de su mamá, incluida su voz.

No quiero imaginar lo que tiene que ser de repente salir a la claridad del exterior, con tanto estímulo sonoro y visual. Y lo peor, pasar de estar bien calentito rodeado y apretadito en la tripita, a que te suelten en una cuna en la que te faltan todo tipo de referencias. Es difícil, pero debemos ponernos en su piel, debe ser duro.

Y por eso necesitamos lo que se ha llamado exterogestación. Un período en el que simulemos en todo lo que podamos el entorno en el que ha vivido el feto hasta su nacimiento. Hay que cogerle mucho en brazos, que sienta nuestro calor y nuestro latido, alimentarle a demanda, y por supuesto atenderle en el momento en que empiece a llorar, porque con esto nos está alertando de que algo no marcha bien para él. Y los bebés no saben gestionar el estrés como hacemos los adultos, y prolongar en un bebé unos niveles de estrés altos puede traer consecuencias irreparables en su salud mental.

En los primeros meses del bebé, se está produciendo un cambio espectacular en su cerebro, se establecen conexiones más rápido de lo que nunca más lo harán y todo lo que dejemos grabado en este período nos afectará de por vida.

Cuando pienso en esto, y veo que se me acaba mi baja maternal, mi lactancia, mis vacaciones y mi excedencia, y en definitiva todo lo que he podido alargar el tiempo para estar con Paula y que no tuviese que ir a "la guarde" tan chiquitita, me doy cuenta que es poquísimo, que aún me necesita mucho y yo a ella. Que necesita mucho más tiempo los brazos de su mamá, las caricias, los besos, los cuidados, y me produce un dolor imposible de explicar el tener que separarme de ella.

Si la pudiese llevar colgadita como un canguro, sin que nadie se enterase en la oficina...

Necesitamos una ley de conciliación que realmente concilie!

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