martes, 12 de junio de 2012

Dos días

Dos días llevamos de adaptación a la guardería.

Primer día. Una hora. Me voy a casa y según entro me derrumbo. Me había estado autoconvenciendo para no llorar y ser más comprensiva conmigo misma y con el proceso que tenemos por delante. Pero no puedo, no concibo la casa sin ella. Veo sus muñecos esparcidos por el sofá, su colchita y su mantita de juegos y no puedo ni quiero contener las lágrimas. La echo de menos, y aunque sé que sus necesidades más inmediatas estarán atendidas, cada vez siento más inseguridad respecto a lo que estoy haciendo. Paseo por la casa, subo, bajo, intento emplear el tiempo pero no me apetece hacer nada. No puedo ni ver el blog, me recuerda que no está a mi lado.

Paula ha estado tranquila. No sabe muy bien dónde y con quién está y observa, más que otra cosa. Pero cuando llego a recogerla se desmorona. Me ve, empieza a lloriquear y se agarra a mi con fuerza. Me enseñan un par de fotos que su cuidadora ha hecho con el móvil para que viese que ha estado tranquila. También me advierte que el primer día no lo suelen pasar muy mal, es peor el segundo. Yo ya lo imaginaba y no se equivocaba. Por la tarde en casa no para de llorar, tiene mocos, muchos mocos, y sólo quiere estar con mamá. No me quita ojo. Por la noche nos hemos despertado varias veces, parece que le costaba un poco respirar con tanto moquito. Pero con un poco de tetita todo se pasa y continuamos durmiendo.

Segundo día. Uff... Nos levantamos a las 9,00 h. Me mira, se ríe como siempre. Me la como a besos y le empiezo a cantar una canción inventada que le dice que vamos al cole a jugar con otros niños y con una "seño" muy muy buena que te quiere. Seguimos con muchos moquitos. Nos vestimos y nos disponemos a hacer nuestra toma de pecho mañanera, pero nada de nada. Es como si se oliese un poco lo que pasa. No quiere hacer la toma. Viene su abu Juan para acompañarme a llevarla y hacer que el intervalo sea menos doloroso. A las 10,00 h. nos vamos al cole. Hoy estará una hora y media. Me dedico a hacer recados y mi padre me invita a desayunar. Intentamos matar el tiempo y acabamos en casa, donde según entramos, mi padre dice, "cómo se la echa de menos aquí en casa". Pero no lloro, delante de él no lloro. A las doce menos cuarto estoy allí como un clavo.

Está sentada entre las piernas de su profe, protestando mientras ella canta para todos. La cojo y me doy cuenta que está sollozando. Con esos suspiros fuertes que se tienen cuando te has dado un atracón a llorar. Hoy ha sido un poco más duro. Ha llorado cuando me fui. Se ha dormido un rato (no pregunto si ha sido por agotamiento de tanto llorar porque temo que la respuesta sea que sí), se despertó llorando (supongo que le resultó extraño despertarse allí), y me dicen que ha sido difícil calmarla. Llegamos a casa, le doy el pecho y cae rendida.

Esto está siendo muy duro. No se me ocurre qué podría hacer para evitar hacerle pasar por esto.

Todo el mundo me dice que más tarde o más temprano se tienen que acostumbrar, pero yo pienso, ¿no puede ser más tarde que temprano?. Es tan pequeñita... que sólo espero que esto no le afecte a lo que es y a lo que será, que no deje de ser esa niña alegre y risueña que ahora es.



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