lunes, 28 de julio de 2014

El Solievo: Sabina se equivocaba...

Cantaba el maestro ya desde hace tiempo,

"en Comala comprendí, 
que al lugar donde has sido feliz 
no debieras tratar de volver"

Se equivocaba en este caso, como pocas veces... Estas vacaciones hemos conocido el sitio en el que desde que entras, ya sabes que tendrás que volver, que sabes que te irás con buen sabor en tu boca y en tu mente, y sin remedio repetirás visita.

El Solievo es más que un restaurante, donde se ofrece más que comida y donde, como bien su dueña define, se crea más que química en el ambiente...

Un lugar que fue creado y levantado seguro que con amor y por amor. Un lugar con mucho más que encanto y donde todo está cuidado al detalle, pero que a su vez estás en tu casa desde que entras.

Donde un montón de juguetes y alguna que otra pequeña moto de las de juguete, te pone en antecedentes y dejan claro que los niños son bienvenidos y además se les cuida. Y eso para mí, lo siento pero me gana...


Donde cada plato tiene algo especial, aunque sean unos huevos fritos de la casa..., donde la calidad y la exquisited de cada producto no está reñida con el detalle, con el buen gusto, con el sentir que en cada gesto y cada cosa lo están dando todo. Es hacer algo especial de lo sencillo. Labor muy difícil y conseguida con sobresaliente.

Es una frase pintada con tiza en el salon: "No tenemos wifi, hablemos entre nosotros". Es una carta que ya desde que te sientas y la abres, te invita a la reflexión, te anuncia que vas a comer tranquila, que vas a disfrutar de un buen rato entre vino, buenos productos y hasta buena conversación. Es una buena charla como si estuvieras entre los mejores de tus amigos, y unos siempre buenos consejos para disfrutar la maravillosa zona en la que se encuentra este rinconcito. Los espacios, la casa, el jardín, la decoración y el calor que se transmite, a pesar de que llueva o haga frío, son una verdadera maravilla. Son todas estas cosas y mucho más, que hace que cuando llega la hora, cuando has apurado ya hasta el último sorbo de ese delicioso café con unos cubitos de hielo que no puedes evitar fotografiar, no te apetece marchar y a tu hija le apetece menos aún.





La charla del último día y la despedida no me dejan lugar a dudas... Cuando las cosas están bien hechas, cuando pones todo tu amor en lo que haces, cuando conviertes tu modo de ganarte la vida en una pasión, el resultado es ese. Y eso amigos, ha de tener por narices una recompensa, estoy segura que tiene que tenerla y sino sería injusto.

Estas desde luego han sido nuestras sensaciones, que no tienen que ser por supuesto las de todo el mundo, pero lo que sí es seguro es que el buen trato, la buena comida y (aunque no quería entrometer aquí el tema porque todo lo estropea), los precios más que razonables, están asegurados.

Amig@s del Solievo... En este momento de mi vida, en el que los cambios y los proyectos se aglutinan en mi cabeza, tengo que decir que me ha encantado conoceros.  Este no es un blog, por suerte o por desgracia, en el que se hace publicidad de nada ni de nadie que no nos apetezca y nos venga en gana, sólo hablamos bien o mal de lo que nos parece verdaderamente bien o mal, y con esto quiero decir que he querido escribir esto porque desde el día en que nos dijimos adiós o mejor dicho hasta la próxima, he sentido que quería contarlo y escribirlo, dejar reflejado aquí, en este rinconcito que es mi casa y mi refugio, un pequeño homenaje al lugar que sin duda ha marcado de alguna forma nuestras vacaciones y nos ha dejado un regustillo entre bueno, buenísimo y nostálgico.


"Benditos Bares" reza en la puerta que te dice hola y nunca adiós... Y nosotros, que nuestra historia ha estado muy ligada de mil formas a los bares, reafirmamos y decimos ¡Sí señor, benditos los bares como El Solievo!, porque SÍ, nosotros sí lo hemos encontrado.

¡Volveremos!... Será antes o después, pero es seguro que volveremos y esperamos encontraros allí.

lunes, 7 de julio de 2014

La tranquilidad del campo

Despertarse al sonido de los cencerros de las  vacas y de más de 40 modalidades de canto de pájaro diferente.

Pisar la hierba mojada por la mañana. La hierba de verdad, la del prado, la que crece porque sí, no el césped que plantamos alrededor de la piscina.

Mirar para todas partes y ver todo en verde, verde y más verde. Montañas y caminos, hasta casi la orilla del mar. Creo que deben conocer por estos lares más de mil tonos de verde, como los esquimales conocen del blanco... ;-)

Agua limpia y cristalina, con varias tonalidades que van del azul cielo al verde más esmeralda...

Caballos, vacas, cabritas, aves de todas clases. Por todas partes y en cualquier parte donde mires.

Y por supuesto ver a Paula correr de aquí para allá, sin parar en todo el día, disfrutando de todo y a todas horas, acabar agotada y aún así no querer dormir como si no quisiese dejar de disfrutar ni un sólo minuto, ni perderse nada de nada.

Compensa tanto,  limpia tanto y renueva tanto, que borra las nubes, esas que tapan el sol a cada poco, borra la llovizna fina y lenta que penetra y genera una humedad que para los de interior es difícil sobrellevar. Borra cualquier cosa que a veces pueda empañar tanta belleza.

La vida del campo tiene algo que me maravilla...




En anteriores capítulos de 'Burbujita' :