jueves, 22 de enero de 2015

El derecho a la tristeza

¿Acaso tengo que sentirme culpable por sentir tristeza en ocasiones?. ¿Acaso soy peor persona o egoista o en el peor de los casos, enferma?. Me niego...

Si te sientes plena de felicidad sin ningún motivo especial y por todo en general, ¡bienvenido seas!, estás en el buen camino, ¡esa es la actitud!, todo está bien, en definitiva te harán la ola por donde quiera que pases...

Pero amigo, si te sientes triste sin más, sin motivos aparentes, sin que haya muerto un ser querido o te hayas ido a la ruina... ¿Estás loco o qué te pasa?, ¿es que no valoras todo lo bueno que tienes?, céntrate en lo positivo... Y muchas cosas más que te podrán decir, mientras todo el mundo quiere tenerte lo más lejos posible no vaya a ser que algo de eso tan malo que te pasa se les pueda contagiar.

Estamos contínuamente bombardeados por mensajes como estos, mensajes para conseguir la felicidad plena, para ser positivo SIEMPRE. Todo esto está muy bien, pero yo creo que no debemos olvidar que no se trata de buscar la felicidad eterna, esto sólo nos puede traer sentimientos de frustración y rabia por lo imposible que resulta. Se trata de aceptar cada emoción y sentimiento como parte de nuestra existencia y como parte de nuestro yo. Si asumimos que no hay nada de malo en ninguno de los sentimientos que nos abordan en la vida, será más fácil aceptarlos, reconocerlos y dejarles entrar y salir, sin encastrarnos en esa tristeza, ese enfado o esa rabia.

No hace mucho ya reflexionaba sobre ello en este post, pensando en lo que les transmitimos a nuestros hijos referente a esto.

No sólo me reafirmo sino que reclamo el derecho de cada cual a sentirse en cada momento como le de la gana. Grandes, pequeños y medianos. No es malo, no es egoista, ni por supuesto, de enfermos (lo de convertir en enfermedad cualquier cosa, y por tanto generar necesidades daría para escribir libros enteros...). Es simplemente eso... Tan bueno y tan malo como cualquier otro estado de ánimo. Las personas somos complejas, imperfectas e increíblemente maravillosas con todo ello. Cada etapa y cada sentimiento te hace aprender, crecer como persona y apreciar todo lo bueno que tiene la vida.

Hoy me crucé con una fábula que no conocía, de Jorge Bucay, que habla sobre la tristeza y la furia. Me ha parecido preciosa. Creo que ha dado sentido a todo lo que pienso sobre estos temas. Al menos, yo lo he entendido así.

Dejemos entrar y aceptemos todas las emociones, en nosotros y en los demás. No vaya a ser que se disfracen de cosas peores...

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...

Había una vez...
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas, las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla encontró que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.


Del libro Cuentos para pensar. de Jorge Bucay 

miércoles, 14 de enero de 2015

De vuelta a la rutina

Las vacaciones de Navidad acabaron. Sólo hace unos días y ya casi se me han olvidado... Hemos entrado de lleno y de nuevo en las rutinas del día a día, del cole, del trabajo, el madrugar...

Ha sido una locura de regalos, compras, visitas, cenas y comidas... Pero también ha sido unas maravilla de entrar y salir a todas horas, descansar mucho, disfrutar de 24 horas juntos, quedar con amigos... Está claro que con niños pequeños las navidades vuelven a recobrar el sentido que inevitablemente ya estaban perdiendo.

Definitivamente, creo que la balanza se inclina porque una vez al año vale la pena todo este derroche de todo... No negaré que a veces me sobrepasa tanto regalo, tanta comida, tanto centro comercial... Pero siendo sincera, este año con un poco de previsión y echando mano de la ayuda de internet y comercios del pueblo, he tenido más controlada esa parte (no del todo, pero algo sí...).

Es muy bonito también, compartir con la peque toda esa ilusión.

Ahora toca volver a la normalidad, que no siempre es fácil. Para nosotros no lo es y para Paula menos aún. Creo que echa de menos estos días de atrás y estar juntos a todas horas, y su manera de exteriorizarlo es con un poco de rabia y cabreos continuos, con lloros por cualquier cosa y llevando la contraria a todos y por todo...

Lo vamos manejando echándole calma, paciencia y grandes dosis de cariño. Aún así, a ratos lo pasamos mal a partes iguales. El cansancio que acumulamos estos días con tanto cambio de horarios, en estos casos es demoledor.

Pero como digo, lo vamos manejando, se hace mayor, y la alegría, el llanto y los enfados van y vienen con la misma facilidad...

Al final siempre queda lo bueno, y hay veces, como ayer que no puedo aguantar la carcajada cuando vuelves de la cocina al salón y te encuentras un graaan mechón de pelo encima de la mesa, ella al ver tu cara de terror, con las tijeritas infantiles en la mano te dice, "es que tengo el pelo muy largo mamá..."

O cuando te dice que quiere jugar al escondite y te pone a contar mientras pide que la busques a gritos desde la cocina, y cuando llegas...




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